CAPÍTULO 1: Lo llaman amor.

A los trece años lo sientes por primera vez. Llegas un día a clase, te sientas en el pupitre de siempre y esperas a que el profesor haga su aparición para soltar el mismo discurso cutre de cada día, ese que jamás escuchas; de pronto, tu cabeza se gira instintivamente para mirar que hacen los demás y, en ese momento, tu vista se clava en él. En ese preciso segundo, el mundo real deja de existir y tu visión se nubla. Antes de que te des cuenta una cortina de humo rodea a tu príncipe azul y por arte de magia te has enamorado.

Es en ese momento cuando empiezas a pensar que la vida es de color de rosa. De un día para otro, las cuatro mayores estúpidas de la clase se han convertido en un modelo a rechazar, pero no por el hecho de ser unas egocéntricas, prepotentes niñas de papá que viven mirando por encima del hombro a todas las que consideran perdedoras, sino porque cuando miras a ese Adonis que has convertido en el centro de tu mundo, te das cuenta de que le gustan las chicas como ellas.

Tu mundo se derrumba tras esta revelación y empieza a entreverse tu lado más oscuro. Te conviertes en una máquina de celos y pasas el día entero intentando discurrir un plan que te permita arrebatarle la gloria a la más popular y ocupar su estúpido puesto de líder de masas sin personalidad. Te ciegas hasta tal punto que deja de importarte tu maldito príncipe azul y acabas dándole tu primer beso, ese con el que siempre has soñado, al primer chico con más de dos amigos que se te cruza delante.

Mentalmente la escena no parece demasiado fea, al fin y al cabo, un beso es un beso. Te estas engañando a ti misma. Olvida ese mundo de fantasía e irrealidad en el que ni tú misma crees. No estás en un parque, bajo las estrellas, con un chico que te ha demostrado ser perfecto para ti. Estás en un cine cutre, viendo una de esas películas que les gustan a los chicos (esas que te repatean) y, de pronto, un brazo se te cae pesadamente sobre los hombros. Cuando te das cuenta, los morros del plasta de al lado están sobre tu boca y tú no estás haciendo nada para evitarlo, y por si la situación no fuera lo bastante patética, sus dos amigos están detrás silbando y haciéndole la ola.

Al día siguiente, cuando vuelves al instituto, eres la novia del plasta del cine. Se ha corrido la voz y eres la chica más odiada, da igual quien sea él. En ese momento no importa si es el capitán del equipo de fútbol o el líder de los Amigos del Ajedrez. Lo único que importa es que eres la primera que ha conseguido un NOVIO, ¡como nos ciega esa palabra! No eres la más guapa, ni la más lista, nadie creía que fueses alguien que pudiese hacerles sombra y, sin embargo, has conseguido un novio antes que ellas.

A partir de entonces, tu vida se convierte en un absoluto infierno, pero ¿qué te importa eso si eres popular? Has dejado casi de comunicarte con tus amigos, ahora andas con las cuatro estúpidas que tanto odiabas. No obstante, no lo reconoces. Quedas con ellos una vez a la semana y les cuentas cualquier chorrada que te haga sentir que eres una persona fantástica por concederles el honor de disfrutar contigo de tu valiosísimo tiempo. Te metes de lleno en una relación absurda con unas " amigas " que no soportas y un novio que te produce dolor de cabeza cada vez se acerca a ti.

No le soportas, ni él a ti. Es sólo un estúpido niño de papá que te lleva regalos a clase y te trata como una princesa. Sabes que no te quiere. Todo es un paripé para hacerle ver a la chica de sus sueños que su padre tiene mucho dinero. Tú, por tu parte, le tienes alergia. Eres un chica del montón. De esas que saben que ni pinchan, ni cortan. Sin embargo, tienes unos ideales, crees en algo. Eres una revolucionaria. Odias todo de él. Es un niño rico con ínfulas de superioridad que no ve más allá de sí mismo.

Y aún sabiendo todo eso no le dejas, porque sabes que es tu pasaporte a la fama, tu billete de ida... Sin vuelta. Ya no hay vuelta atrás. Te has convertido en lo que querías ser: una estúpida más. Ya no tienes amigos, sólo te quedan esas cuatro niñas para las que eres un referente, un modelo de superación personal. Casi sin darte cuenta, las vas guiando hacia el mundo en el que tú misma te has metido. En pocos meses, ellas también serán aprendices de arpía.

El verano llega y con él, el adios. Lo dejas con tu novio y te pasas tres meses espectaculares. Conoces en profundida a las chicas y descubres que, bajo esas capas de egocentrismo y prepotencia, se esconden unas chicas tan normales como tú. Has hecho verdaderas amigas y eres feliz. Es en ese momento, cuando deberías darte cuenta de que no necesitas un hombre en tu vida para ser alguien. Pero no lo haces, acaba el verano y vuelves otra vez al principio. Comienza un nuevo curso y con él, el ajetreo de todos los años. Tienes de nuevo nueves meses para conseguir un chico que te suba a la cima de la popularidad.

Esta es una de las mayores tonterías que te ocurren en la vida. Lo llamas tu primer amor y, sin embargo, no ha sido más que un juego de popularidad, una guerra de intereses. Pero tienes 13 años y crees que ya eres alguien en la vida. Y todo, por haber estado treses meses discutiendo con un capullo sin cerebro, mientras te juntabas con toda aquella gente que odiabas y pensabas que tenías una vida diez.